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Llevando vida en Cristo Jesús

(heb. Shâ'ûl, "pedido" [a, para Dios], "prestado" [a Dios] o "anhelo"; cun. Sauli; gr. Saóul y Sáulos).

Este nombre aparece en textos cuneiformes de Ebla de la era patriarcal; en un antiguo sello hebreo; y también en inscripciones fenicias, palmirienses y arameas, con ortografía diversa.

1. Rey de Edom, originario de Rehobot junto al Eufrates (Gn. 36:37, 38; 1 Cr. 1:48, 49).

2. Hijo de Simeón y de una cananea (Gn. 46:10; Ex. 6:15; 1 Cr. 4:24), y fundador de una tribu, la de los saulitas* (Nm. 26:12, 13).

3. Primer rey hebreo. Era hijo de un benjamita llamado Cis que vivía en la ciudad de Gabaa, hoy llamada Tell el-Fûl, entre 6 y 7 km al norte de Jerusalén (1 S. 9).

Por siglos Israel había practicado una forma teocrática de gobierno, bajo la dirección de jueces llamados por Dios. El último de ellos, Samuel, había envejecido, y sus hijos no reunían las condiciones de liderazgo de su piadoso padre.

El pueblo, ante la falta de perspectivas de que continuara la dirección sólida del profeta, pensó que la monarquía les proporcionaría una forma de gobierno capaz de solucionar sus problemas políticos e internacionales.

Samuel recibió esta demanda popular con mucho desagrado, pero el Señor le ordenó que accediera a su deseo, pero que al mismo tiempo los pusiera plenamente al corriente de todas las desventajas y las preocupaciones que les iba a acarrear esta decisión (1 S. 8).

Poco después que el pueblo pidiera un rey, Saúl, un joven apuesto y de elevada estatura, andaba con un siervo buscando algunas de las asnas de su padre. Después de 3 días sin resultados, el siervo sugirió que consultaran al "vidente", refiriéndose a Samuel.

Aunque quizá Saúl había oído hablar de él, no lo conocía personalmente (1 S. 9:18), y temía visitarlo sin un obsequio (v 7). Entretanto, el profeta había recibido instrucciones de parte de Dios que vendría un benjamita a quien debía ungir como rey.

Cuando Saúl llegó, recibió definidamente la palabra de que el visitante era el hombre que gobernaría sobre el pueblo de Dios. Samuel lo encontró junto a la puerta de la ciudad, le aseguró que las asnas ya habían sido encontradas y lo invitó a quedarse esa noche para participar de una cena ritual.

Saúl pasó la noche con Samuel como huésped del profeta, y a la mañana siguiente éste lo ungió en secreto y le profetizó ciertos incidentes que le ocurrirían en su camino a casa, que acontecieron tal como habían sido anunciados.

Además, le indicó que debía ir a Gilgal y esperarlo allí 7 días, al final de los cuales recibiría instrucciones adicionales. Nada más se nos dice acerca de esta reunión celebrada en Gilgal, y Saúl no le dijo a nadie que había sido ungido rey (1 S. 9:1-10:16).

Tan pronto como Samuel supo quién iba a ser el nuevo rey, convocó a toda la nación para que se reuniera en Mizpa, quizá la moderna Tell en-Natsbeh, donde públicamente se echaron suertes para confirmar a Saúl como el soberano.

Cuando éste -que se había escondido, pero cuyo escondite se descubrió- fue finalmente presentado ante el pueblo como el elegido de Dios, la mayoría se sintió satisfecha.

Tal vez el hecho de que perteneciera a la menor de las tribus haya facilitado esa aceptación. Pero hubo quienes manifestaron disconformidad. El joven rey no asumió inmediatamente el trono, sino que se fue a casa (1 S. 10:17-27), probablemente a la espera de una ocasión oportuna cuando sus servicios y su gobierno fueran necesarios para el país.

Es posible también que haya considerado prudente ver si era posible vencer pacíficamente la oposición hacia él y su tribu, antes de comenzar activamente su gobierno.

Pronto surgió la oportunidad de manifestar sus condiciones de líder. Según la LXX, fue en alrededor de un mes (1 S. 11:1). La ciudad israelita de Jabes de Galaad sufrió el asedio de Nahas, rey de los amonitas, y algunos mensajeros de Jabes vinieron a Gabaa para informar acerca de las humillantes condiciones de rendición que les había impuesto.

Su súplica para que se los ayudara velozmente sacudió el alma de Saúl. De nuevo sintió que el Espíritu descendía "poderosamente" sobre él, e impulsado por la compasión que le inspiraban los galaaditas, lanzó una proclama nacional para que la gente se reuniera detrás de "Saúl y Samuel" para la liberación de Jabes.

Como resultado de ello, 330.000 hombres armados cruzaron el Jordán junto con Saúl y derrotaron a los amonitas. Al demostrar tan claramente su idoneidad para el trono, Saúl fue proclamado rey unánimemente y entronizado con solemnidad en Gilgal (1 S. 11).

Pablo le asigna un total de 40 años al reinado de Saúl (Hch. 13:21), como así también Josefo. Sin embargo, no se sabe qué edad tenía Saúl cuando comenzó a reinar, porque el versículo del AT que originalmente proporcionaba esa información (1 S. 13:1) está incompleto ahora (véase el comentario respectivo en DHH).

Tampoco sabemos cuánto tiempo transcurrió desde que ascendió al trono hasta su lucha contra los filisteos registrada en 1 S. 13. Si este intervalo fue breve, Saúl debe de haber tenido 35 años cuando comenzó a reinar, porque en ocasión de esa batalla su hijo Jonatán estaba ya a cargo de una división del ejército hebreo y era un notable militar.

Pero si esa guerra estalló varios años después de asumir sus funciones, pudo haber sido más joven. Dado que este problema permanece sin solución, no sabemos por cuánto tiempo reinó bajo la tutela de Samuel.

En ocasión de su 1er encuentro con los filisteos, Saúl tenía un ejército estable de 2.000 soldados que estaban bajo su mando personal, acuartelados en Micmas, en la zona de las colinas de Betel, y 1.000 hombres más estacionados en Gabaa, la capital (fig 230, donde aparece el lugar de la capital de Saúl), a las órdenes de Jonatán, el príncipe heredero.

Este había derrotado a una guarnición filistea en las cercanías de Gabaa, pero, consciente de que sus enemigos tomarían represalias, Saúl convocó a la nación a las armas y designó Gilgal como el punto de reunión, porque Samuel le había prometido encontrarse con ellos allí.

Esperó 7 días, pero Samuel no llegó, pues tal vez demoró su viaje con el fin de probar la obediencia a Dios y la fe en él, no sólo de Saúl sino también del pueblo.

Cuando el rey verificó que las deserciones se estaban produciendo en cantidades crecientes, y que el miedo se iba apoderando de los que quedaban, asumió por su cuenta la responsabilidad de ofrecer sacrificios, tarea que le incumbía sólo a los sacerdotes.

Samuel llegó casi inmediatamente después y lo reprendió por este acto apresurado, y le dijo que por causa de su desobediencia y de su falta de confianza en Dios, sus descendientes no ocuparían el trono (1 S. 13:2-14).

La batalla, que se libró después de este incidente, terminó en victoria para Israel. Jonatán, gracias a un acto de valor, puso en fuga a un grupo de filisteos; esto llenó de terror al grueso del ejército enemigo.

Saúl aprovechó esta situación y expulsó a los filisteos del territorio israelita. El rey, evidentemente, era partidario de una estricta disciplina, porque cuando Jonatán sin saberlo desobedeció una orden suya, estuvo dispuesto a quitarle la vida. El joven se salvó sólo porque el ejército lo impidió (1 S. 13:15-14:46).

Saúl dirigió otras campañas militares con brillantes resultados (1 S. 14:47, 48). Durante una de ellas incurrió en un acto de desobediencia que le puso el sello a la decisión divina de rechazarlo como rey.

Se le había ordenado destruir a los amalecitas y sus posesiones para cumplir una maldición pronunciada por Dios contra ellos por haber combatido contra Israel en el desierto de Refidim (Ex. 17:8-16).

Saúl cumplió la orden, pero preservó parte del ganado para ofrecer sacrificios en Gilgal, según dijo, y también a su rey, Agag. Por esta desobediencia a un mandamiento expreso, Samuel afirmó que Dios ya no lo consideraba más como el legítimo gobernante de su pueblo (1 S. 15). Poco después Samuel ungió a David, el pastorcillo, para que fuera el futuro rey de la nación (16:1-13).

Bib.: FJ-AJ vi. 14.9; CBA 2:507, 508.

El Espíritu de Dios se apartó de Saúl cuando se lo rechazó como rey, y un espíritu maligno periódicamente tomaba posesión de él. En el afán de sustraerlo de sus ataques de melancolía, sus servidores le presentaron al joven David, a quien habían elegido para tocar el arpa delante del rey (1 S. 16:14-23).

Al principio Saúl le tomó afecto, pero este sentimiento pronto se convirtió en envidia y temor cuando David -que había dado muerte a Goliat, y había logrado gracias a ello una victoria de los israelitas sobre los filisteos- fue aclamado por las doncellas de Israel como el mayor héroe nacional (17:1-18:9).

Sus celos lo impulsaron a atentar contra la vida del joven. Primero trató de matarlo con su lanza, y después intentó que muriera en escaramuzas contra los filisteos (18:10-30).

Cuando resultó evidente que Saúl no iba a detenerse ante nada en sus esfuerzos para destruirlo, David huyó, dejó a su esposa Mical, y pasó años como fugitivo en diferentes partes del país, mientras el rey perdía su tiempo y sus energías tratando de alcanzarlo para darle muerte (cps 19-27).

La insensata enemistad de Saúl contra David privó a Israel del mejor comandante de su ejército y de muchos valiosos soldados que se exiliaron, lo que causó el descuido de la defensa del reino.

Como resultado, la nación se debilitó y se produjo una nueva invasión de los filisteos, que esta vez acamparon en Sunem, cerca del valle de Jezreel. Saúl levantó su campamento en las laderas del monte Gilboa (28:1, 4). El atemorizado y melancólico rey estaba lleno de malos presentimientos, y se fue de noche a Endor a consultar a una médium espiritista.

Algún tiempo antes, por orden divina, había expulsado del país a los que practicaban tales artes, puesto que eran instrumentos de los malos espíritus (28:3; cf Lv. 20:27; Dt. 18:10-14). Pero ahora, ya que Dios lo había abandonado y estaba poseído de uno de ellos, sintió que debía procurar la ayuda de esos agentes del diablo.

Pidió a la médium que Samuel, que había fallecido un tiempo antes y no se había comunicado con él en los últimos años de su vida, viniera para aconsejarlo. La médium dijo ver a un anciano que subía de la tierra, y Saúl supuso que era el profeta. El espíritu le predijo que moriría al día siguiente (1 S. 28:5-25).

La batalla que se libró entonces les resultó adversa a los israelitas: 3 hijos de Saúl murieron y él mismo fue gravemente herido. Para evitar que lo capturaran, le pidió a su escudero que le diera muerte.*

Cuando éste rehusó, Saúl se echó contra su espada y así puso fin a su vida. Poco después los filisteos lo decapitaron y colgaron su cuerpo y los de sus hijos en el muro de la ciudad de Bet-sán; además, pusieron sus armas en el templo de Astarot. Pero los habitantes de Jabes, al recordar cómo los había librado de los amonitas, los sacaron de noche y los sepultaron con honores en Jabes (31:1-13).

Cuando las noticias de la muerte de Saúl llegaron a David, hizo duelo por él y por su amigo Jonatán, y compuso una hermosa elegía (2 S. 1:17-27). La monarquía tuvo en Israel un lamentable comienzo, Saúl empezó su reino como un gobernante magnánimo, pero su actitud independiente lo condujo a repetidos actos de desobediencia, que lo alejaron cada vez más de Dios, y finalmente lo llevaron a un fin triste y vergonzoso.

4. Levita coatita (1 Cr. 6:24) ,a quien algunos consideran que es la misma persona llamada Joel, un antepasado de Samuel (v 36).

Véase Joel 5.

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