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Llevando vida en Cristo Jesús

Lectura del Libro, "Un Viaje a lo Sobrenatural". Capítulo 1, "Mi Infancia"

Yo era el quinto de una familia de ocho hermanos, nací el 18 de abril de 1925, en St. Jacques, Nueva Brunswick, un pequeño pueblo cerca de la frontera con la provincia de Quebec, al este de Canadá.

Mis padres eran devotos católicos franceses. Por parte de mi padre, dos de sus hermanas eran monjas y su hermano menor era un sacerdote que más tarde se convirtió en Monseñor de la Iglesia Católica Romana.

Incluso ahora, no puedo menos que admirar la diligencia con que mis padres siguieron las enseñanzas y los requisitos de su Iglesia. Hasta donde yo recuerdo, rezábamos en familia todos los días.

Recuerdo bien el momento del rezo de la tarde. El Rosario era el punto principal del ritual, pero también repetíamos la letanía de los santos, la letanía consistía en invocar los nombres de un centenar de santos, o para pedir que oren por nosotros.

Como niños, nuestras rodillas nos dolían de tanto arrodillarnos, pero éramos alentados a ofrecer el sufrimiento a Dios, que a su vez Él podría utilizarlo para aliviar a una pobre alma del tormento de las llamas del purgatorio.

Nuestra familia también se prestaba a muchas clases de humillación del cuerpo, con el fin de recibir el favor de Dios.

Si alguien iba a confesar y comulgar el primer viernes de cada mes, regresaba con la seguridad de que las indulgencias beneficiarían a alguna pobre alma, con cinco mil días menos en el purgatorio.

En aquel tiempo, eso significaba quedarse sin comida y sin agua desde la víspera de la noche anterior, hasta después de la comunión, en la mañana siguiente. (La Iglesia Católica ha cambiado este reglamento).

En ciertas épocas del año, nuestra familia también tenía la costumbre de pasar toda una noche en vigilia, hacíamos una cadena de oración para que cada uno de nosotros se arrodille durante una hora delante de una estatua, para repetir el rosario y otros rezos.

La Cuaresma, antes de la Pascua, fue también un período de intensa auto mortificación, mis padres amaban a Dios y todas sus actividades giraban en torno a Dios. Agradar a Dios era el principal objetivo de ellos.

A los tres años de edad, me puse muy enfermo y los médicos creían que no me pondría bien, incluso mi padre llegó a hacer los arreglos para mi funeral.

Mi madre prometió a Dios que si me pondría bien, ella haría todo lo posible para que yo sea un padre, pues así, yo viviría para glorificar su nombre y llevaría otros para servirle. Ella cuenta que comencé a mejorar de inmediato y mi recuperación fue rápida y completa.

Llegó el momento de mi primera comunión, y sin embargo cuanto más memorizaba el catecismo (mandamientos y enseñanzas de la Iglesia Católica), más difícil era armonizar sus enseñanzas con lo que sabía del evangelio de Cristo.

Antes del sermón del domingo, el sacerdote leía un capítulo de uno de los cuatro Evangelios o una de las epístolas, esa parte me gustaba mucho.

Una vez, cuando tenía siete años de edad, al regresar de la iglesia para casa, en un hermoso día de invierno, el sol brillaba con una veintena de trineos tirados por caballos seguían unos a otros, el sonido de las campanas de los trineos no permitía mucha conversación, todos viajábamos en silencio.

Fue entonces cuando rompí el silencio preguntando a mi madre ¿Por qué Jesús fue tan bueno con las personas cuando anduvo en la Tierra y llegó a ser tan malo después de ascender al cielo?

- ¿Por qué esa pregunta? -Indagó ella.-
- ¿Por qué un Dios tan bueno quemaría a la gente en el purgatorio durante cientos de años, sólo por pequeñas ofensas? -Le pregunté de nuevo.-

Por supuesto que Él no práctica lo que enseñaba. Tú y papá practican lo que nos enseñan y ¿Porque Él no? Ustedes nos enseñan a perdonar las ofensas unos de otros. Dios también debe perdonar por completo, ¿no crees?

Al ver bien el rostro de ella, me di cuenta de que este razonamiento la dejó medio confusa, mi padre trató de defenderla, apelando a las autoridades superiores.

- Sabes hijo, es como tu tío Félix, el sacerdote, dijo: Dios odia tanto el pecado, que tuvo que asociarlo con una pena muy dura para enseñar a la gente que se arrepientan de él (del pecado).

Por otra parte, el Santo Padre sabe de otras buenas razones para que Dios use el purgatorio, y no debemos cuestionar la autoridad del Papa.

También aprendí y acepté la doctrina de la transubstanciación como cualquier otro niño de mi edad, creyendo que en la Eucaristía, el sacerdote convertía el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo literalmente.

Pero el Domingo de Pascua de 1937, el año en que mi madre murió, escuché algo que me hizo pensar lo contrario.

El sacerdote estaba leyendo uno de los evangelios sobre la resurrección de Cristo. Lo que le fascinaba era el hecho, de que Jesús tuvo problemas para convencer a los discípulos de que Él en realidad había resucitado, que Él era un ser real, de carne y huesos, no un espíritu.

Algunas preguntas interesantes surgieron en mi mente. ¿El Cielo podría ser un lugar real como la Tierra, donde la gente de carne y hueso, pueden vivir vidas reales, en lugar de espíritus flotando en las nubes?

Por otra parte, si Jesús no es un espíritu, ¿Como puede ser parte de la hostia?

Para algunas personas puede resultar difícil entender, cómo un niño pequeño puede perder su fe en Dios y volverse en contra de la religión como lo hice yo. Tal vez pueda explicar, narrando algunos incidentes.

Cuando era un muchacho, estaba profundamente impresionado por lo que veía y oía en la vida de los adultos, nuestra casa era un lugar de paz y alegría, nuestros padres nos dieron un buen ejemplo de cómo las personas deberían de relacionarse, practicaban la bondad y la consideración por los demás, y por tanto, esperaban que fuésemos bondadosos y perdonásemos las faltas de unos y de otros.

Nuestros padres siempre estaban ayudando a pobres y necesitados, en mi opinión, yo pensaba que Dios debería ser por lo menos bondadoso y compasivo con los seres humanos de la misma manera que Él espera que nosotros fuésemos unos de otros.

Una experiencia en particular dejó mi mente perpleja. En aquel tiempo, las personas no usaban sus coches durante los meses de invierno y a veces daba mucho trabajo hacerlo funcionar bien cuando llegaba una estación más caliente, mi padre decidió traer un mecánico que vivía en Edmundston que pasaría unos días con nosotros para arreglar nuestro coche.

Antes de salir para ver a aquel hombre, Papá dijo: “El hombre es protestante, pero es un buen ciudadano y un mecánico excelente.

Ahora, niños, presten atención, puede ser que en la recitación del saludo angélico antes de comenzar a almorzar, el no participe en nuestras devociones.

Por favor, no se queden mirándolo, y sobre todo, no hagan preguntas embarazosas sobre su religión. ¿Entendido?”

Mientras hablaba, papá miraba directamente para mí. Todos respondimos al unísono: "Sí, señor".

Durante tres días, el hombre trabajó en el coche, me gustaba verlo, él era todo lo que papá me había dicho y mucho más, era amable y parecía disfrutar de hablar conmigo y no utilizaba un vocabulario profano.

Mi padre era el dueño y gerente de tres fincas, y por supuesto había muchos empleados, a menudo al aceptar un nuevo empleado oí decir:

"Amigo, sé que nosotros vamos a entendemos muy bien, no es difícil agradarme, pero quiero que nunca se olvide de una cosa: mi esposa y yo no permitimos que las personas que trabajan para nosotros blasfemen a Dios o a los santos, tenemos niños que estamos intentando criar para honrar a Dios, por lo tanto, tenga cuidado con tus palabras."

A pesar de esa solicitud, frecuentemente lo olvidaban en el trabajo, y sus malas palabras, "hacían bajar a todos los santos de cielo".

Pero aquel mecánico protestante, cuando se lastimaba un dedo o se pelaba la piel, apenas decía: "¡Ay! ¡Eso duele!"

En cuanto al saludo angélico, descubrí que el mecánico era más reverente que nosotros, cuando papá dijo: "Oremos", el mecánico inclinaba la cabeza, cerraba los ojos y juntaba las manos.

Nosotros nunca cerramos los ojos y recitábamos el saludo lo más rápido posible.

Después de que el hombre se fue, algo me preocupaba y no pude sacarlo de mi cabeza, fue una frase que había aprendido de memoria en el catecismo:

"Hors de L'eglise Catholique Apostolique et Romaine il n’y a point de salut" que traducido a francés, significa “Fuera de la Iglesia Católica Romana, no hay salvación”.

¿A dónde van las personas cuando mueren?Mi madre se dio cuenta de que algo me inquietaba, y procuró descubrir qué era.
- Mamá, ¿a dónde van los buenos protestantes cuando mueren? -le pregunté-
- Esta es una buena pregunta hijo. ¿Por qué lo preguntas?

Le repetí lo que había aprendido de memoria en el catecismo. Ella admitió que no sabía, y me sugirió que preguntase a mi tío cuando viniese a visitarnos.

Ella debe haber quedado perturbada con mi pregunta, porque en la cena le preguntó a mi papá y pidió su opinión acerca del asunto, no tenía mucho que decir, pero comentó que pensaba que Dios no dejaría a una persona buena fuera del cielo, ya sea católica o protestante.

"Probablemente" -sugirió él-, "Cuando un buen protestante muere, los ángeles lo llevan por la puerta de atrás.

Y añadió: - Los protestantes no tienen la gloria de ser recibidos con la bienvenida de San Pedro personalmente, pero ellos no debieran de preocuparse, con tal que consigan entrar.

No debieran esperar recibir el tratamiento reservado a las celebridades, después de todo, sus antepasados cometieron un grave error al salir de la Iglesia Católica, y lo único que pueden esperar es que todos sus descendientes sufran las consecuencias.

Llegué a la conclusión de que probablemente su razonamiento esté correcto, pero las solemnes palabras no salieron de mi mente: "Fuera de la Iglesia Católica Romana, no hay salvación."

Transcurrieron algunos meses, finalmente supimos que mi tío el sacerdote, nos visitaría a todos los familiares, entonces pedí a mi papá que preguntara a mi tío Félix cuando hubiera alguna oportunidad, sobre el destino de los protestantes buenos.

Después de haber conversado bastante, papá se volvió a mi tío y preguntó: - Félix, dime por favor, ¿dónde están los buenos protestantes cuando mueren?

- ¿Por qué lo preguntas? -respondió.-

Papá explicó entonces mi pregunta a la luz de lo que estaba escrito en catecismo.

- Lo que Roger mencionó del catecismo es correcto -dijo el tío Félix.- No hay salvación fuera de la Iglesia Católica, sea quien fuere.

Su declaración dio paso a un largo debate sobre el tema, mi padre dijo que no sería justo por parte de Dios impedir la entrada de un protestante bueno en el cielo, mi tío trató de enfriar el calor de la discusión sugiriendo que, cuando un buen protestante muere, su alma, probablemente iría al limbo, se supone que este es el lugar donde se dirigen las almas de los niños no bautizados, cuando mueren.

Entonces el tío Félix llegó a la conclusión: - Una cosa que sé, de acuerdo con la Iglesia, ningún protestante bueno o malo, irá para el cielo, y que nunca verán a Dios, y recuerda que no fui yo el inventor de las reglas, sólo las enseño.

Si hubiera alguna posibilidad de que un protestante fuese al cielo, nuestro Santo Padre, el Papa, sin duda nos lo hubiera dicho.

Esa experiencia dejó grabada en mi mente un gran signo de interrogación sobre la justicia de Dios.

El tiempo pasó, y un par de años más tarde, la cuestión de la justicia de Dios resurgió.

En una hermosa tarde de julio, alguien entró a mi casa para decirles a mis padres que un vecino había muerto repentinamente mientras trabaja a ocho kilómetros fuera de su casa aproximadamente.

Una declaración conmocionó a todos los presentes: "Murió sin tener a su lado a un sacerdote que oficiase el último sacramento la Iglesia".

Después de decir que el hermano del fallecido estaba trayendo el cuerpo a casa, el hombre se fue moviendo la cabeza, diciendo: "Es triste, triste, triste." Recuerdo este incidente como si fuera ayer.

No pasó mucho tiempo, y vimos una carrosa vieja tirada a caballos moverse lentamente por el camino.

Una manta cubría el cuerpo, y el conductor estaba sentado adelante, con las piernas colgando, y su cara reflejando su desesperación.

Algunos vecinos, llegaron a nuestra casa para usar nuestro teléfono (mi familia tenía uno de los dos teléfonos en kilómetros a la redonda), se sentaron con nosotros en el balcón delantero.

Después de haber pasado el ataúd frente a nuestra casa, mi madre comentó: - Si tan sólo hubiera un sacerdote a cada lado para perdonar nuestros pecados, los mortales no tendría que ir al infierno de fuego.

Nuestra esperanza es que su alma tenga sólo pecados veniales, aunque eso por sí, ya representa muchos años en las llamas del purgatorio.

- Tendremos que recolectar dinero para enviar a celebrar misas por la paz de su alma -dijo papá- ya que imagino que la esposa y los niños no serán capaces de hacer esto.

Uno de los vecinos tomó la palabra: - Debo decirle que usted puede guardar su dinero, me inclino a pensar que en este momento, está en el infierno. Vea, Sr. y Sra. Morneau, este hombre era conocido por tener los “dedos largos”.

Lo que quiero decir es que a veces él se apropiaba de los objetos que no eran suyos. - Esa acusación es grave -dijo papá.- Y a menos que tenga pruebas, me gustaría que no diga nada más.

- Lo siento, pero ¿Te acuerdas que el año pasado, más o menos por estas fechas, no podías encontrar una cadena para jalar troncos que habías comprado pocos días antes? Si usted va a mirar en su casa en determinado lugar, encontraría la cadena.

- La vi allí, hace unos días, incluso comente acerca de esto con la persona fallecida, dijo que había tomado prestado de mi, pero yo no lo sabía.

Por unos momentos, papá miró sorprendido. Pero pronto recuperó la compostura y dijo: - Para mí, esta es una revelación.

¡Escuchen todos! Quiero que todos sepan, que ante Dios estoy dando al difunto la cadena que él pidió prestado de mí, a pesar de que no tenía la intención de devolverme, por otra parte, si hubiera tomado cualquier otra cosa que no tenga conocimiento, también se la doy a él.

De esta forma, su alma está libre de cualquier condena que podría traer sobre sí mismo, incluso a los ojos de Dios.

- No quiero faltar el respeto a Dios, -respondió el vecino-, pero ahora estoy pensando que eres mucho más amable que Dios, debo admitir que este es el gesto más bonito que he visto o escuchado, en realidad, debes ser el primer ser humano que fuerza a Dios para sacar un alma del fuego del infierno y ponerlo en el purgatorio, hasta que esté completamente purificado a fin de entrar en el cielo.

Este episodio tuvo un gran impacto en mí. Durante muchos días, este incidente volvía a mi mente y meditaba en ella.

Estoy de acuerdo con el vecino, mi padre tenía un carácter más noble que el de Dios, a quien él servía.

Llegué a la conclusión de que Dios era demasiado injusto al obligar a las almas a sufrir en el purgatorio cuando sus parientes no tenían suficiente dinero para enviar a celebrar misas.

La experiencia que más contribuyó a volverme completamente en contra de Dios, fue la muerte de mi madre.

En la primavera de 1937 ella fue al hospital a someterse a una cirugía, después de dos semanas fue dada de alta, pero solo para pasar sus últimos días en casa.

Con sólo doce años de edad, tenía una mente demasiado impresionable. Un día al regresar de la escuela, fui a su cuarto para besarla en la frente al igual que todos los días.

- Por favor, siéntate -dijo ella- tengo que decirte algo muy importante para los dos. Como sabes, no me queda mucho tiempo por vivir y quiero que recuerdes este consejo.

Cuando vayas abriendo camino a través de la vida, muestra tu aprecio por la bondad que otros tienen contigo, agradece aunque sólo sea un vaso de agua, las personas que expresan su aprecio por los pequeños favores, reciben mayores beneficios.

En aquella época era costumbre velar a una persona en casa en lugar de una capilla funeraria.

Durante tres días, amigos, parientes y vecinos vinieron a rendir homenaje y orar por el alma de mi madre.

En el día del entierro, mucha gente pensaba que mi mamá estaba en el cielo junto a Dios, por los muchos rosarios que se rezaba en su nombre.

Pero lo que nos hizo sentir mejor fue el hecho de que papá mando celebrar misas gregorianas en favor de su alma.

Como nuestro tío Félix explicó, las misas gregorianas son la cosa más maravillosa que puede acontecer para el alma de un ser querido fallecido.

Dijo que fue el Papa Gregorio I, quien previo debido a la especial preocupación que él tenía para con las almas en el purgatorio.

La familia hizo los arreglos para la celebración de trescientas misas de forma simultánea en varias parroquias,
conventos, monasterios y en otros lugares, el mismo día.

Según él, estas misas tienen un poder redentor suficiente como para llevar a un alma directamente al cielo sin pasar por las llamas del purgatorio.

Ese mismo día, oí a un pariente decir que las misas gregorianas costaban un dólar cada uno o en otras palabras, trescientos dólares para todo el plan.

En mi mente vino la idea de que éramos verdaderamente privilegiados, porque mi padre tenía condiciones de ayudar a mi madre para ir al cielo de una manera tan hermosa.

Fue entonces cuando me acordé de una mujer de nuestra parroquia, que había muerto seis meses antes, la familia era demasiado pobre para enviar a celebrar cualquier misa, y por tanto tendría que sufrir en el purgatorio, los arreglos para el entierro de ella habían dejado a mi padre muy enojado, porque él era miembro de la comisión de servicio social de nuestra parroquia.

Esa noche, ya sentados a la mesa para cenar, decidió quedarse sin comer. Percibiendo su mal humor, la mamá le preguntó cuál era su problema.

- Tal vez, lo mejor sea contar -dijo.- Pasé la mayor parte de la tarde en el presbiterio de la iglesia, con otros miembros del comité, discutiendo los problemas de los pobres de nuestra parroquia.

El principal punto de interés fue la compra de un ataúd para la anciana Annie. No me opongo al ahorro de costes, pero cuando el padre Paquin preguntó al director de la funeraria, ¿Cuanto se podría ahorrar si se tomásemos del ataúd el crucifijo y las asas antes del entierro?, yo estaba enojado y quería dar al buen padre una parte de mi vocabulario.

Sin embargo, me contuve por respeto a su oficio. Para poner fin a la discusión, le dije que pagaría la diferencia.

Cosas de ese tipo de alguna forma me irritan, es triste ser pobre hoy en día. Sobre todo cuando llega el momento de morir.

Al recordar estos dos incidentes, no conseguía dejar de pensar que Dios era gravemente injusto al permitir que la miseria siguiera en el mundo.

Con el pasar del tiempo, perdí la confianza en Dios y en la Iglesia, y decidí que cuando tendría la edad suficiente para mantenerme, no tendría nada que ver con Dios o con la Iglesia.

En el otoño de 1937, mi hermano Edgar y yo fuimos colocados por mi padre en un internado administrado por monjas de L'Hotel-Dieu, de St. Basile.

El gran número de instrucciones religiosas que recibí en este lugar religioso, sólo sirvió para endurecer aún más mi corazón.

Por las apariencias, nadie podía imaginar lo que realmente estaba pasando por mi mente. Paso a paso, me alejé de Dios, con repugnancia y odio. Pasaron algunos años, vino la Segunda Guerra Mundial, y con ella la llamada a servir a mi país.

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