Pablo

griego: Páulos; del latín Paulus, un nombre romano que significa "pequeño".

El gran apóstol a los gentiles. En la Biblia se lo presenta como Saulo (griego: Sáulos, del heb. Shâzûl, "pedido [a Dios]", o "prestado [a Dios]"; Hechos 7:58) y se lo menciona por ese nombre en la narración de Hechos hasta el Capítulo 13:9.

Ha habido bastante especulación acerca de por qué en medio de Hechos se comienza a llamar Pablo a Saulo, y de allí en adelante sólo se lo nombra como Pablo, excepto el relato que él mismo hace de su conversión (22:7, 13; 26:14).

Una respuesta sencilla y plausible sería que él, como otros (Hechos 1:23; 13:1; etc.), tuviera más de un nombre: un nombre hebreo, Saulo, y un nombre romano grecizado, Páulos o Pablo.

Quizás usara el nombre hebreo en su hogar y en sus contactos con los judíos, pero su nombre greco-romano estaría en armonía con la influencia y el ambiente helenísticos de la ciudad donde nació, y con su envidiable estatus de ciudadano romano.

Más tarde, cuando comenzó su obra entre los gentiles, era ventajoso para él que se lo conociera como Pablo. Es digno de notar que hasta Hechos 13 se menciona a Pablo sólo en relación con su contacto con los judíos.

Pero en ese capítulo comienzan sus actividades entre los gentiles, como también el uso de su nombre gentil, Pablo.

 

I. Pablo, el hombre.

 

1. Antecedentes.

Pablo fue hebreo por nacimiento, educación y sentimientos; tal es así que, a pesar de sus contactos tempranos con la cultura y las filosofías griega y romana, se pudo llamar "hebreo de hebreos" (Filipenses 3:5).

Era de la tribu de Benjamín (Romanos 11:1), y tal vez le pusieron el nombre por Saúl, el 1er rey de Israel, quien también era benjamita (1 Samuel 9:1-2; Hechos 13:21).

Poco se sabe de su familia. Su padre era un ciudadano romano (Hechos 22:28), y quizá fariseo (23:6).

No se sabe cómo el padre obtuvo su ciudadanía romana, pero había ciertos procedimientos mediante los cuales un destacado judío podía llegar a ser ciudadano romano.

Presumiendo que la lograra de esa manera, entonces podemos suponer que Pablo procedía de una familia de cierta importancia.

Tenía por lo menos una hermana (23:16). En la Versión reina Valera (RVR 1960) Romanos 16:7 y 21 se refiere a varios hombres como sus "parientes", pero este término (del griego sunguenes) puede significar sencillamente "conciudadano", de modo que no es seguro si realmente hace referencia a parientes de sangre.

Pablo pudo haber sido desheredado por su familia cuando se convirtió al cristianismo (Compárese con Filipenses 3:8, pero si fue así, no lo menciona.

Pablo nació en el Asia Menor, en la próspera metrópolis de Tarso (Hechos 21:39), una ciudad notable por su filosofía, ciencia, educación y cultura; una cultura donde se mezclaban elementos griegos, romanos y judíos.

La fecha de su nacimiento no se puede determinar con precisión.

De acuerdo con una tradición del siglo II d.C., la familia de Pablo había vivido originalmente en Giscala de Galilea, pero la ciudad fue capturada por los romanos y los miembros de su familia llevados como esclavos a Tarso aproximadamente 4 a.C., donde más tarde obtuvieron su libertad y la ciudadanía romana.

Si es así, Pablo nació después de esos acontecimientos, porque era romano de nacimiento (Hechos 22:28).

Cuando aparece por 1a vez (7:58) se lo califica como "un joven" (griego neanías).

Sin embargo, este término, que se usaba para hombres que tuvieran entre 20 y 40 años de edad, poca ayuda nos ofrece para determinar la edad de Pablo.

 

2. Educación.

Probablemente Pablo asistiera a una escuela en relación con la sinagoga de Tarso. En esta ciudad políglota aprendió no sólo el hebreo y la lengua que hablaba su pueblo, el arameo (Hechos 21:40; 22:2), sino también el griego (21:37) y tal vez el latín.

También aprendió a hacer carpas o tiendas, quizá de su padre, con lo que más tarde se pudo sostener (Hechos 18:1, 3; Compárese con 20:34; 1 Corintios 4:12; 1 Tesalonicenses 2:9; 2 Tesalonicenses 3:8).

Siendo joven fue a Jerusalén (Hechos 26:4 y se sentó a los pies del rabino y fariseo más renombrado de sus días: Gamaliel (22:3; Compárese con 5:34).

Bajo su instrucción, Pablo fue enseñado "estrictamente conforme a la ley de nuestros padres" (22:3; Compárese con 24:14), y como resultado vivió "conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión": los fariseos (26:5).

Fue un estudiante tan brillante y un defensor tan ardiente de las doctrinas y tradiciones del judaísmo que aventajaba a muchos de sus pares en el aprendizaje y el celo (Gálatas 1:14); y en su odio fanático por los cristianos aventajó por lo menos a su maestro (Hechos 8:3; 9:1; Compárese con 5:34-39).

Puede haber poca duda de que los líderes de la nación judía esperaban grandes realizaciones de él.

 

3. Apariencia personal y salud.

Parecería que, aunque Pablo impresionaba intelectualmente, físicamente no se destacaba. Sus enemigos dijeron de él que su "presencia corporal [era] débil, y la palabra menospreciable" (2 Corintios 10:10).

La tradición lo describe como un hombre bajo, un tanto jorobado y de piernas encorvadas ("chueco"). Parece haber sufrido de algún tipo de enfermedad crónica (2 Corintios 12:7-10; Gálatas 4:13); muchos creen que era una enfermedad relacionada con sus ojos, basando su conclusión en que generalmente dictaba sus cartas (2 Tesalonicenses 3:17), menciona que escribía con letra grande (Gálatas 6:11) y dice que los creyentes de Galacia estaban dispuestos a arrancarse los ojos para dárselos, si hubiese sido posible (4:15).

Se han sugerido algunos otros males, pero la evidencia bíblica es insuficiente para saber con precisión cuál fue "la espina en la carne" de Pablo.

 

II. Pablo, el converso.

 

1. Primeros contactos con el cristianismo.

El 1er contacto de Pablo con el cristianismo que se conoce tuvo relación con la muerte de Esteban. Algunos suponen que Pablo fue uno de los de Cilicia que, con otros, no pudo vencerlo en el debate (Hechos 6:9-10; compárese con 21:39).

Aparentemente no arrojó piedra alguna sobre Esteban, pero "consentía en su muerte" (8:1) y cuidó la ropa de los testigos (7:58).

La acción de masas que resultó en el apedreamiento de Esteban señaló el comienzo del 1er período de persecución que devastó a la iglesia naciente; y Pablo, según parece, se destacó en esta persecución.

En un arranque de odio fanático contra los cristianos (26:11), intensificado por una conciencia acusadora (Versículo 14), los arrancaba de las casas donde los encontraba y los arrojaba a la cárcel (8:3); los castigaba en las sinagogas (22:19; 26:11) y daba su consentimiento para su muerte (22:4; 26:10).

Pablo cumplió esta tarea primero en Jerusalén (8:1, 3; 26:10), pero luego siguió a los creyentes esparcidos hasta otras ciudades y los "perseguía sobremanera" (Hechos 8:4; 26:11; Gálatas 1:13).

 

2. Su conversión.

En una de esas campañas de persecución el curso de la vida de Pablo cambió completa y espectacularmente. Al oír que había cristianos en Damasco, pidió cartas del sumo sacerdote -cartas de extradición- que lo autorizaran a arrestar y llevar a Jerusalén a cualquier cristiano que encontrase en dicha ciudad (Hechos 9:1-2).

Hay 3 informes de la experiencia que tuvo en ese viaje (9:1-9; 22:4-11; 26:9-18); el 1º está en 3ª persona, los otros 2 en 1ª persona (fueron contados por Pablo: uno a la multitud judía en Jerusalén; los otros, al rey Agripa y a su hermana Berenice).

Mientras Pablo se acercaba a Damasco a mediodía con un grupo de hombres para ayudarlo en sus planes asesinos, lo rodeó una luz enceguecedora, más brillante que el Sol. Pablo y sus compañeros cayeron a tierra (26:14), y una voz, que se identificó como Jesús de Nazaret, le preguntó: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?", y añadió: "Dura cosa te es dar coces contra el aguijón".

Abrumado por esta manifestación del Cielo, preguntó qué debía hacer. La voz le ordenó ser testigo para Cristo entre los gentiles (Versículos 16-17).

Se le instruyó que entrara en Damasco, donde recibiría instrucción adicional. Entretanto, sus sorprendidos y atemorizados compañeros de viaje se habían levantado del suelo (9:7), pero no entendían lo que pasaba, porque aunque veían la luz y oían la voz, no podían comprender lo que ella decía (Compárese con 9:7; 22:9). Al incorporarse, Pablo descubrió que estaba ciego. En esas condiciones, fue conducido por sus compañeros al hogar de un cierto Judas, en Damasco, donde estuvo 3 días sin comer ni beber (Hechos 9:8-9, 11).

Mientras oraba, Jesús se le apareció en visión a un cristiano llamado Ananías y le indicó que fuera a la casa de Judas, en la calle llamada "la Derecha", donde encontraría a Pablo, quien había recibido una visión acerca de su visita. Ananías, con todo respeto, le recordó a Jesús las persecuciones de Saulo, pero se le informó que el anterior perseguidor había sido elegido por Dios (Versículos 11-16).

Siguiendo las instrucciones, Ananías encontró a Saulo y al imponerle las manos recuperó la vista en forma inmediata, recibió el don del Espíritu Santo y fue bautizado (Versículos 17-18).

No se sabe cuánto tiempo permaneció en Damasco. El informe parece indicar que fue breve (Versículo 19). Sabemos que allí se asoció con los cristianos. También, en armonía con su carácter -y para asombro de quienes lo conocían- comenzó a predicar en las sinagogas al Cristo que había vilipendiado, pero que ahora adoraba (Versículos 19-21).

Tan poderosa y convincente era su predicación que ninguno podía derrotar su lógica o negar su poder (Versículo 22).

 

3. Preparación y comienzo de su predicación.

En el relato de Hechos se omite el siguiente acontecimiento de la vida de Pablo, pero él lo menciona en Gálatas: allí cuenta que después de su conversión y su 1ª breve campaña de evangelización, se fue a Arabia* (Gálatas 1:17) antes del viaje a Jerusalén (Hechos 9:26; Gálatas 1:18).

La región exacta identificada como Arabia es desconocida (aunque muy probablemente haya sido el país de los nabateos*), y tampoco se sabe cuánto tiempo estuvo allí.

Este período de retiro le dio tiempo para meditar acerca del gran cambio que había ocurrido en su vida, y la soledad le permitió reexaminar, con oración y cuidado, todo el fundamento de su nueva convicción a la luz de las Escrituras, y así afirmar para siempre su fe en Cristo y su evangelio. Después de este tiempo de aparente inactividad, regresó otra vez a Damasco (Gálatas 1:17), donde se retoma la narración de Hechos 9.

Parece que reanudó la predicación en las sinagogas con el mismo resultado de antes (Versículo 22).

En consecuencia, los judíos hicieron planes para asesinarle (Versículos 23-24).

En este intento fueron apoyados por el gobernador de la ciudad, quien servía bajo el rey nabateo Aretas* (2 Corintios 11:32-33).

Como éste gobernaba esa región, tal vez entre el 37 d.C. y aprox. 54 d.C., el incidente debió haber ocurrido en algún momento dentro de ese período.

Sin embargo, los soldados que vigilaban las puertas para impedir que escapara de la ciudad vieron frustrados sus propósitos, porque algunos creyentes bajaron a Pablo en una gran canasta desde una ventana de una casa construida sobre el muro, permitiéndole así escapar de sus enemigos (Hechos 9:25; 2 Corintios 11:33). Habiéndosele terminado la oportunidad de trabajar en Damasco, Pablo se dirigió a Jerusalén. Ya habían pasado 3 años desde su conversión, pero hasta entonces no había tenido contacto alguno con los dirigentes de la iglesia (Gálatas 1:17-18, hecho que más tarde ofreció como prueba de que su evangelio no se había originado con los discípulos de Cristo sino con Cristo mismo (Gálatas 1:10-12; compárese con 1 Corintios 15:3-8).

Su razón básica para ir allá era ver a Pedro (Gálatas 1:18). Al llegar a la ciudad quiso unirse a Pedro y a los hermanos, pero pronto descubrió que 3 años no habían sido tiempo suficiente para borrar el recuerdo de su persecución anterior, o para eliminar las dudas y las sospechas (Hechos 9:26).

La situación fue resuelta por Bernabé,* natural de Chipre, quien confió en el informe de Pablo acerca de su experiencia al contarlo a los demás en presencia del apóstol (Versículo 27). Pablo demostró que su experiencia era genuina al predicar a Jesús en la ciudad de Jerusalén. Su lógica incontrovertible despertó la ira de ciertos judíos helenistas que decidieron quitarle la vida (Hechos 9:29).

En un informe posterior de su experiencia (22:17-21), contó cómo Dios le había aparecido en visión en el templo y, a pesar de sus protestas, le indicó que saliera de Jerusalén, porque los judíos no recibirían su mensaje, y que sería enviado a los gentiles. S

us hermanos de inmediato lo acompañaron al puerto de Cesarea (9:30), a unos 85 km al noroeste de Jerusalén.

Probablemente lo pusieron a bordo de un barco para asegurarse de que escaparía de sus enemigos. De Jerusalén, donde había estado 15 días (Gálatas 1:18), Pablo fue "a las regiones de Siria y de Cilicia" (Versículo 21).

Sus actividades durante los siguientes años no aparecen en las Escrituras. Bien podemos imaginar que estuvo activo en el ministerio en Tarso y las regiones circundantes (Hechos 11:25; Gálatas 1:21-23).

Habría sido durante este período que tuvo las visiones referidas en 2 Corintios 12:2-4, que, según el Versículo 2, vio 14 años antes de escribir 2 Corintios.

Esta epístola fue redactada Aprox. 57 d.C., lo que apuntaría al año 43 como la fecha de la visión. Pablo estuvo en Tarso o las regiones vecinas desde Aprox. 38 hasta el 44. Mientras estuvo en Cilicia, el cristianismo avanzó en otras áreas. Un interés creciente había surgido en Antioquía de Siria, y Bernabé fue enviado desde Jerusalén para desarrollarlo (Hechos 11:19-24).

Como vio que necesitaba ayuda, viajó a Tarso, encontró a Pablo y lo llevó consigo a Antioquía (Versículos 25-26). P

ablo y Bernabé trabajaron juntos por un año entero, con éxito notable. Mientras estaban en Antioquía, vinieron de Jerusalén ciertas personas con don profético (Hechos 11:27). Uno de ellos, Agabo, fue inspirado divinamente para predecir una hambruna mundial (Versículo 28).

Como resultado, los creyentes de Antioquía decidieron enviar ayuda a los cristianos de Judea, y para ello eligieron a Pablo y Bernabé (Versículos 29-30). Habiendo cumplido su misión, regresaron a Antioquía trayendo consigo a Juan Marcos, sobrino de Bernabé ( Hechos 12:25; Compárese con Colosenses 4:10).

 

III. Pablo, el misionero al extranjero.

 

Mientras estaba en Antioquía por 2ª vez, Pablo recibió un llamado que lo inició en sus grandes viajes misioneros hacia el Asia Menor y Europa, lo que le significó el título de "apóstol a los gentiles".

Cuando algunos de los miembros de la iglesia estaban "ministrando... al Señor, y ayunando", recibieron del Espíritu Santo la orden de apartar a Pablo y a Bernabé para una obra especial (Hechos 13:2).

Así lo hicieron, con ayuno y oración; y luego, dirigidos por el Espíritu Santo, los apóstoles salieron para su 1er viaje misionero, acompañados por Juan Marcos (Versículos 3, 5).

 

1. Primer viaje misionero.

Fueron a Seleucia, el puerto de Antioquía, a unos 25,5 km de la ciudad, y allí tomaron un barco para Chipre (Hechos 13:4).

 

a. Chipre. Desembarcaron en Salamina, en la costa oriental de la isla, y comenzaron a predicar en las sinagogas judías (Hechos 13:5) como era la costumbre de Pablo (compárese con 9:20; 17:1-2; 18:4; etc.).

Luego atravesaron Chipre de este a oeste y llegaron a la ciudad de Pafos (13:6), sede del procónsul o gobernador* romano de la isla, Sergio Paulo, un hombre prudente y de discernimiento (versículo 7), a quien frecuentaba un judío de nombre Barjesús o Elimas, que era un charlatán y mago (versículos 6, 8).

El gobernador oyó el informe de la predicación de Pablo y Bernabé y, deseando oír el evangelio, los llamó (versículo 7). Temeroso de perder la influencia que podía tener sobre el gobernador, Barjesús se opuso a los apóstoles en presencia de él (versículo 8), por lo cual Pablo (aquí se lo llama "Pablo" por 1ª vez). "lleno del Espíritu Santo" fijó sus ojos en el mago lo condenó duramente por representar mal a Dios y oponerse a él, y predijo que quedaría ciego temporariamente, lo que se cumplió al instante (Hechos 13:9-11). Este notable incidente convenció al gobernador de la verdad del evangelio y lo aceptó (versículo 12).

 

b. Perge. Después de su estadía en Pafos. Pablo y su grupo se embarcaron hacia Perge (Hechos 13:13), una ciudad cerca de la costa del Asia Menor, en dirección noroeste de Pafos.

Aquí Juan Marcos, sin duda desanimado por las dificultades y las penurias, los abandono y regresó a Jerusalén (versículo 13).

 

c. Antioquía de Pisidia. Pablo y Bernabé continuaron hasta Antioquía de Pisidia (Hechos 13:14), una ciudad a unos 160 km al norte de Perge, en los montes Tauro.

Invitado a hablar en la sinagoga el sábado, Pablo predicó acerca de la resurrección de Cristo (versículos 15-41). El sermón impresionó tanto a los presentes que le pidieron que predicara a los gentiles el sábado siguiente (versículo 42).

En esta ocasión "se juntó casi toda la ciudad" para escuchar el evangelio (versículo 44). Esto despertó los celos y la oposición de los judíos (versículo 45); por ello Pablo declaró que, como ellos despreciaban la salvación, él predicaría a los gentiles (versículos 46-47).

No se sabe cuánto tiempo trabajaron Pablo y Bernabé en esta región. Pero fue lo suficiente como para que toda la zona que rodeaba la ciudad conociera el evangelio (13:49). Su éxito despertó finalmente la activa oposición de los judíos, quienes lograron que los magistrados los expulsaran de la ciudad (versículo 50).

 

d. Iconio, Listra y Derbe. A unos 130 km al este sudeste de Antioquía estaba lconio, el siguiente lugar donde trabajaron Pablo y Bernabé.

Sus esfuerzos se vieron coronados por un gran éxito (Hechos 14:1), y predicaron en esa ciudad "mucho tiempo" apoyados por el testimonio de señales y prodigios milagrosos (versículo 3).

Pero los judíos que habían rechazado su mensaje consiguieron que muchos gentiles se volvieran contra Pablo y Bernabé, y dividieron la ciudad en 2 bandos (versículos 2, 4).

Finalmente hicieron planes de usar la violencia contra los apóstoles (versículo 5). Al saber de ello, huyeron a "Listra y Derbe, ciudades de Licaonia" (Hechos 14:6; compárese con Mateo 10:23), a unos 37 km al sudsudoeste, y a 83 km al sudeste de Iconio, respectivamente. En Listra, Pablo sanó a un hombre que había sido inválido toda su vida (Hechos 14:8-10). Este milagro llevó a los habitantes supersticiosos a creer -quizá por algún antiguo mito que describía a los dioses Zeus (Júpiter) y Hermes (Mercurio) en sus visitas a esa parte del mundo- que Bernabé y Pablo eran Júpiter y Mercurio (Hechos 14:11-12).

Se prepararon para ofrecerles sacrificio, y sólo con gran dificultad Pablo pudo convencerlos de que no lo hicieran (versículos 13-18).

En Listra las labores de los apóstoles terminaron cuando los judíos enemigos de Antioquía y de lconio soliviantaron a una multitud que apedreó a Pablo y lo arrastró fuera de la ciudad como muerto (Hechos 14:19).

Conservado milagrosamente, se reanimó y entró de nuevo en la ciudad, pero salió de ella al día siguiente, acompañado por Bernabé (versículo 20).

Después Pablo y Bernabé trabajaron en Derbe, donde quizá permanecieron un tiempo, porque allí hicieron "muchos discípulos" (Hechos 14:20-21).

 

e. Regreso a Antioquía de Siria. Desde Derbe comenzaron a desandar su camino pasando por Listra, Iconio y Antioquía de Pisidia, donde visitaron las iglesias, fortalecieron a los creyentes y nombraron dirigentes en ellas (Hechos 14:21-23).

También predicaron en Perge, donde Juan Marcos los había abandonado al comienzo de su viaje (versículo 25). Sin duda, impacientes por regresar a su base en Antioquía de Siria, los apóstoles se embarcaron en el puerto de Atalia, a pocos kilómetros de Perge.

Al llegar a Antioquía contaron a la iglesia del éxito entre los gentiles (versículos 25-27). Así terminó el 1er viaje misionero, que tal vez les llevó unos 2 años (Aprox. 45-47 d.C.).

Pablo quedó en Antioquía por un tiempo (versículo 28), durante el cual, sin duda, siguió atrayendo a muchos gentiles hacia el cristianismo. Con el correr del tiempo surgió una crisis, que si no se resolvía con prontitud retardaría grandemente la expansión del cristianismo entre los gentiles.

Un grupo de judíos cristianos de Judea visitó la iglesia de Antioquía y comenzó a enseñar que la circuncisión y la observancia de la ley de Moisés eran necesarias para la salvación (Hechos 15:1).

Pablo y Bemabé, sin embargo, sostenían que la circuncisión no era necesaria para los conversos gentiles. Como resultado, hubo una "discusión y contienda no pequeña" entre los 2 grupos (versículo 2).

Finalmente, los creyentes decidieron que el asunto debía ser llevado ante los dirigentes de la iglesia de Jerusalén, y que Pablo y Bernabé y otros debían ir allá (versículo 2).

Esta decisión habría sido sugerida por Pablo, que más tarde dijo que había recibido una revelación con respecto al tema, y que había ido con Bernabé y Tito, un converso griego, a consultar a los dirigentes (Gálatas 2:2-3). Al llegar a Jerusalén, Pablo y la comitiva fueron recibidos cordialmente por los creyentes (Hch. 15:4). Contaron cómo Dios había bendecido el trabajo entre los gentiles, pero que ciertos fariseos, miembros de la iglesia, pronto levantaron la cuestión de la necesidad de la circuncisión y de la observancia de la ley mosaica (versículo 5).

En consecuencia, se convocó a un concilio para decidir la cuestión (versículo 6; probablemente el 49 d.C.). El terna se discutió extensamente, con Pedro, Bernabé y Pablo hablando contra la exigencia de imponer la ley ceremonial a los gentiles (versículos 7-12).

Predominaron sus puntos de vista, y se decidió que los conversos gentiles no necesitaban circuncidarse o guardar la ley de Moisés.

Sin embargo, se les pediría que se abstuvieran de contaminarse con los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre (versículos 13-21). Luego de haber completado su misión con éxito, Pablo y el resto de la delegación de Antioquía volvieron acompañados por hermanos comisionados para llevar cartas de la iglesia de Jerusalén.

El resultado de la reunión fue recibido favorablemente por los creyentes de Antioquía (Hechos 15:22-31). Una vez más Pablo y Bernabé reanudaron su tarea de enseñar y predicar en Antioquía (Hechos 15:35). Es posible que el efecto del Concilio de Jerusalén, relatado en Gálatas 2, ocurriera durante este tiempo.

Pedro fue a visitar a los creyentes y, en armonía con el espíritu de la decisión del concilio, comió con los gentiles, una práctica que era anatema para los judíos.

Sin embargo, cuando ciertos cristianos judaizantes llegaron a la ciudad, Pedro, tal vez temeroso de una repetición de la anterior disputa sobre el tema de la ley ceremonial, no siguió haciéndolo (Gálatas 2:11-12); en tal actitud fue acompañado por Bernabé y otros (versículo 13).

Cuando Pablo lo supo, los reprendió severamente en público por su conducta (versículos 14-21). La mente de Pablo se volvió ahora a las iglesias del Asia Menor. Le sugirió a Bernabé que volvieran a visitarlas (Hechos 15:36).

Bernabé aceptó la idea, pero insistió en llevar consigo a Juan Marcos (versículo 37), lo que Pablo rechazó por cuanto Marcos los había abandonado antes y no se podía confiar en él (versículo 38).

Esta diferencia de opinión llegó a ser causa de una disputa que los hizo separarse: Pablo escogió a un nuevo compañero de viajes, Silas, mientras Bernabé tomó consigo a Marcos y se fue a Chipre (Hechos 15:39-40).

 

3. Segundo viaje misionero.

Pablo y Silas comenzaron lo que se denomina su 2a viaje misionero. Viajaron por tierra, visitando las iglesias de Siria y de Cilicia (Hechos 15:40). Sin duda estuvieron con los creyentes de la ciudad originaria de Pablo, Tarso, en Cilicia.

Al llegar a Derbe y Listra, Pablo encontró otro compañero de viaje: Timoteo,* un joven de buena reputación, de madre judía y padre griego (Hechos 16:1-3).

Desde Derbe y Listra, Pablo y los misioneros que lo acompañaban fueron "por las ciudades" informando a las iglesias de la decisión del Concilio de Jerusalén (Hechos 16:4).

Estos decretos, que declaraban que a los gentiles no se les requería la observancia de la ley ceremonial, sin duda tuvieron mucho que ver con el posterior crecimiento de la iglesia en esa región (versículo 5).

 

a. Frigia y Galacia. Luego Pablo y sus compañeros viajaron "atravesando Frigia y la provincia de Galacia"* (Hechos 16:6). En ese tiempo, de acuerdo con el punto de vista de este Diccionario, se estableció la iglesia a la que dirigió su epístola a los Gálatas.

En consecuencia, es en este viaje que Pablo fue afligido con la "enfermedad del cuerpo" mencionada en Gálatas 4:13 Después hizo planes de emprender obra de evangelización en la región al oeste de Galacia, conocida en esa época como Asia*, pero el Espíritu Santo le prohibió hacerlo (Hechos 16:6).

En consecuencia, con sus compañeros se dirigió a Misia en el noroeste, para ir a la región de Bitinia y predicar allí, pero el Espíritu también le cambio los planes (versículo 7).

De modo que pasaron por alto Misia y Bitinia y siguieron su camino hasta que llegaron a la ciudad de Troas, a orillas del Mar Egeo (versículo 8).

 

b. El llamado a Macedonia. En Troas, Pablo entró en un campo nuevo y lleno de desafíos. En una visión nocturna un hombre de Macedonia lo instó a llevar el evangelio a ese país (Hechos 16:9).

Inmediatamente él y sus compañeros se prepararon para responder al llamado, que reconocieron como procedente de Dios (versículo 10).

Se embarcaron en un navío que partía para Neápolis, en Macedonia, y llegaron al 2º día (versículo 11); de allí siguieron a Filipos (versículo 12).

 

c. Filipos. Aparentemente no había sinagoga judía en Filipos, pero al saber que existía cierto lugar para la oración fuera de la ciudad junto a un río, Pablo y sus acompañantes fueron allí el sábado, y él predicó a un grupo de mujeres que estaban reunidas (Hechos 16:13).

Como resultado, una dama de negocios, Lidia, media prosélita* del judaísmo, se convirtió y, con toda su casa, fue bautizada. Desde entonces su hogar llegó a ser la sede de trabajo de Pablo y sus compañeros de ministerio (versículo 14). Pronto ocurrió un incidente que detuvo los esfuerzos de Pablo en Filipos. Una joven esclava, que supuestamente poseía capacidades sobrenaturales que eran usadas para ventaja económica de sus amos, comenzó a seguir a los misioneros gritando: "Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación" (Hechos 16:16-17).

La molestia llegó a un punto en que el apóstol no pudo soportar más, de modo que en el nombre de Jesús expulsó al mal espíritu que la había estado controlando (versículo 18).

Como sus supuestas capacidades "proféticas" habían desaparecido, sus amos se vieron privados de los ingresos que ella les proporcionaba.

Enojados contra Pablo y Silas, los arrastraron ante las autoridades civiles y los acusaron, como judíos, de enseñar cosas contra las leyes de Roma (versículos 19-21).

Esto fue suficiente para agitar al populacho y a las autoridades contra ellos. Se los azotó severamente y se los puso en el cepo en una celda interior de la cárcel (versículos 22-24). A medianoche, mientras Pablo y Silas estaban orando y cantando himnos de alabanza, un terremoto repentino sacudió la cárcel, abrió las puertas y liberó de las cadenas a los presos (Hechos 16:25-26), quizás al desprenderse de las paredes a las que estaban fijadas.

El carcelero se despertó, y al ver las puertas abiertas pensó que los prisioneros, por los que debía responder con su vida, habían escapado. Estaba a punto de suicidarse cuando la voz serena de Pablo le informó que ninguno había huido (Versículos 27-28).

Convencido a esta altura de que los misioneros eran hombres de Dios, pidió luz y cayendo delante de ellos preguntó qué debía hacer para ser salvo. Pablo le habló de la fe en Cristo.

Luego él tomó a los 2 apóstoles y los llevó a su casa, les curó las heridas, puso comida delante de ellos y reunió a su familia para escuchar su mensaje.

Antes del amanecer, el carcelero y toda su familia fueron bautizados (Hechos 16:29-34). Cuando llegó la mañana, las autoridades civiles enviaron a algunos oficiales a la prisión para liberarlos (Hechos 16:35-36).

Pero Pablo rehusó abandonar la cárcel, afirmando que él y Silas, ciudadanos romanos, habían sido azotados y puestos en prisión ilegalmente.

Por tanto, quienes los habían condenado y maltratado injustamente en público debían hacer la reparación públicamente.

Al escuchar esto, el magistrado de la ciudad les pidió disculpas y les rogó que se fueran de la ciudad. Después de pasar por la casa de Lidia y saludar a los hermanos, los 2 misioneros abandonaron Filipos (versículos 37-40).

 

d. Tesalónica y Berea. Pablo y su grupo siguieron hacia el oeste, pasando por Anfíposis y Apolonia, y llegaron a Tesalónica* (Hechos 17:1).

La afirmación de que había una sinagoga judía en esta última ciudad implica que no existía ninguna en las anteriores; tal vez esto explique por qué no se detuvieron en ellas.

En Tesalónica, Pablo siguió su costumbre de predicar a Cristo en la sinagoga.

Lo hizo durante 3 sábados sucesivos, y como resultado se convirtieron algunos judíos, "y de los griegos piadosos gran número, y mujeres nobles no pocas" (Versículos Hechos 17:2-4). Parecería que el apóstol siguió con su oficio de fabricar tiendas o carpas durante la semana (Hechos 18:3; 1 Tesalonicenses 2:9; 2 Tesalonicenses 3:8).

Pero pronto comenzó a desarrollarse una situación que ya le resultaba familiar. Ciertos judíos no creyentes, celosos del éxito de Pablo, agitaron toda la ciudad contra él y sus compañeros.

La turba atacó la casa de un tal Jasón, donde habían estado alojados.

Como no los encontraron, arrastraron a Jasón y a algunos de los creyentes ante las autoridades de la ciudad, acusándolos de perturbar la paz y de poner a Jesús como rival del César (Hechos 17:5-7), acusaciones que perturbaron a los ciudadanos y dirigentes de Tesalónica.

En consecuencia, se obligó a Jasón y a los demás a pagar una fianza, tal vez como garantía de que mantendrían la paz, y luego fueron liberados (versículos 8-9); pero la situación tensa aconsejó que Pablo y Silas abandonaran la ciudad, y viajaron de noche a Berea* (versículo 10). Al llegar a Berea, el apóstol una vez más fue a la sinagoga a evangelizar a los judíos. Los bereanos fueron "más nobles que los que estaban en Tesalónica", porque recibieron la palabra de Pablo después de verificarla con las Escrituras (Hechos 17:11).

En consecuencia, un grupo grande, incluyendo un número no especificado de mujeres griegas, se unió a la iglesia cristiana (versículo 12).

Entretanto, la noticia del trabajo de Pablo en Berea llegó a Tesalónica y así, no contentos de haberlo expulsado de ella, los judíos de esa ciudad decidieron correrlo también de Berea.

Fueron hasta allí y agitaron a la gente contra el apóstol. Los creyentes lo embarcaron de inmediato en un barco que salía para Atenas*, hacia donde fue acompañado por algunos creyentes bereanos. Sin embargo, Silas y Timoteo permanecieron en Berea (versículos 13-15).

 

e. Atenas. Parecería, según Hechos, que Pablo no habría tenido la intención de predicar en Atenas, sino sólo esperar la llegada de sus colaboradores.

Sin embargo, no se menciona en Hechos que Silas y Timoteo se le unieran en esa ciudad, aunque 1 Tesalonicenses 3:1-5 sugiere que Timoteo fue a Atenas, pero que fue enviado por Pablo inmediatamente a la iglesia de Tesalónica.

De cualquier modo, la presencia de muchos ídolos en la capital griega lo motivaron a la acción. De acuerdo con un antiguo informe, en los días de Pablo allí había más de 3.000 estatuas, la mayoría de las cuales tenían relación con el culto pagano.

Comenzó a predicar en la sinagoga y en el mercado o ágora. Pronto consiguió la atención de ciertos filósofos griegos que, deseando conocer más de sus enseñanzas, lo llevaron al Areópago* (Hechos 17:16-22), o colina de Marte, en el centro cívico de la ciudad.

Su discurso, una porción del cual aparece en los versículos 22-31, fue magistralmente adaptado al pensamiento de sus oyentes paganos, pero sólo consiguió que se burlaran de él (versículo 32).

No obstante, tuvo éxito en ganar algunos conversos en esa ciudad (versículo 34).

 

f. Corinto. Después de esa experiencia en Atenas, Pablo viajó solo hacia el oeste, a Corinto* (Hechos 18:1). Allí se puso en contacto con Aquila y Priscila, judíos que habían llegado hacía poco de Italia, después del decreto del emperador Claudio que expulsaba de Roma a todos los judíos (versículo 2).

Como también eran fabricantes de tiendas, Pablo se alojó con ellos y trabajó en su oficio (versículo 3). Muy probablemente el apóstol llegó a Corinto a comienzos del 51 d.C.; permaneció allí más de un año y 6 meses (Hechos 18:11, 18).

Al comienzo trabajó con los judíos en la sinagoga (versículo y persuadía a judíos y a griegos. RVR1960"]4), como era su práctica al entrar en una ciudad nueva.

Sin embargo, una vez más, cuando la mayoría de los judíos se opuso y lo injurió, se apartó de ellos y comenzó a trabajar en forma directa por los gentiles (versículo 6).

Como ya no podía predicar en la sinagoga, realizó sus reuniones en una casa contigua cuyo dueño adoraba a Dios (versículo 7).

El evangelio produjo mucho fruto en esa ciudad, y entre los conversos estaba el dirigente de la sinagoga (versículo 8).

Entretanto, Silas y Timoteo llegaron con las animadoras noticias de la fidelidad de los tesalonicenses (Hechos 18:5; 1 Tesalonicenses 3:6).

Estas buenas nuevas inspiraron a Pablo a escribir su 1ª epístola a los Tesalonicenses, probablemente en el 51 d.C.

Es la la epístola que se ha conservado. Más tarde, tal vez a fines del mismo año o a comienzos del año siguiente (52 d.C.), escribió 2 Tesalonicenses. Véase Tesalonicenses, Epístolas a los. Por fin, la persecución activa que había sido tan pronta en otras ciudades, comenzó también a amenazarles en Corinto.

Sus enemigos judíos lo acusaron ante Galión, el procónsul de Acaya, de enseñar una religión no legalmente reconocida por Roma.

Sin embargo, Galión echó a los acusadores, rehusando inmiscuirse en un caso que él consideraba una disputa sobre la ley judía y no la ley romana.

Al ver esto, la turba tomó al principal de la sinagoga y lo golpeó ante Galión (Hechos 18:12-17). Después de un período no definido de tiempo, durante el cual parece que predicó sin oposición activa, Pablo se embarcó hacia Siria*, acompañado por Aquila y Priscila (Hechos 18:18).

Se detuvo brevemente en Efeso y predicó en la sinagoga. Su mensaje fue recibido con alegría por los oyentes, quienes tal vez fueran tanto gentiles como judíos, y lo invitaron a quedarse más tiempo.

Sin embargo, Pablo decidió seguir su viaje, prometiéndoles regresar si le era posible.

Tomó un barco hacia Cesarea dejando a Aquila y a Priscila en Efeso, sin duda para seguir la obra que él había comenzado allí.

Desembarcó en Cesarea, visitó brevemente Jerusalén para saludar a la iglesia y luego siguió hacia Antioquía, donde había comenzado sus giras misioneras (versículos 19-22).

Así terminó su 2º viaje misionero, que duró aproximadamente 3 años, quizá desde algún momento del 49 d.C. hasta cerca del fin del 52 d.C.

 

4. Tercer viaje misionero.

No se sabe la duración de la permanencia de Pablo en Antioquía después de su 2º viaje misionero. Es probable que haya sido de algunos meses, por lo menos, antes de partir para el 3º.

Recorrió "por orden la región de Galacia y de Frigia, confirmando" a los miembros de las iglesias que había establecido antes (Hechos 18:23).

"Después de recorrer las regiones superiores vino a Efeso" (19:1), que sería su centro de acción esta vez.

 

a. Efeso. Allí encontró a 12 hombres que evidentemente recibieron instrucción de Apolos,* pero que no tenían el pleno conocimiento del evangelio.

Pablo los instruyó y, al rebautizarlos, recibieron el Espíritu Santo (Hechos 19:1-7). Por unos 3 meses predicó y razonó con la gente en la sinagoga.

Luego, por causa de la oposición, se mudó con sus conversos a "la escuela de uno llamado Tiranno", donde tenían reuniones cada día (versículos 8-9).

Esta escuela fue su centro de operaciones por "dos años", durante los cuales "todos los que habitaban en Asia" oyeron el evangelio (versículo 10).

Se hicieron muchos milagros (versículos 11-12) y muchos se convirtieron, y la palabra "crecía y prevalecía poderosamente" (versículos 18-20). Hacia el final de su estancia en Efeso, Pablo escribió 1 Corintios, quizás en la primavera del 57 a.C. En ella revelaba sus planes de visitar la iglesia vía Macedonia, después de permanecer en Efeso hasta Pentecostés (1 Corintios 16:5-8; compárese con Hechos 19:21).

Sin embargo, pronto surgieron circunstancias que apresuraron su partida del lugar: 1ª oposición había estado creciendo y culminó poco después que despachara su carta (1 Corintios 15:32).

Esto ocurrió cuando el platero Demetrio, tal vez un destacado miembro del gremio de fabricantes de templetes en honor de la diosa Artemisa (Diana*), se preocupó bastante por la pérdida de las ventas de estatuillas porque muchos se hacían cristianos.

Por tanto, llamó a los artífices y les demostró cómo la predicación de Pablo contra la adoración de los ídolos había afectado su actividad, no sólo localmente, sino también en gran parte de la provincia de Asia.

Además, les señaló que estaba minando el respeto por la diosa y su templo, "a quien venera toda Asia y el mundo entero" (Hechos 19:23-27).

Los oyentes de Demetrio se enfurecieron y comenzaron a gritar: "¡Grande es Diana de los efesios!" Consiguieron agitar a toda la ciudad hasta la indignación.

Buscando a alguien sobre quien descargar su ira, arrastraron a 2 de los compañeros de viaje hasta el teatro. Pablo decidió ir también, pero sus discípulos y algunos de sus prominentes amigos efesios se lo impidieron (versículos 28-31).

Finalmente el escribano consiguió calmar a la turba y dispersarla pacíficamente (versículos 32-41). Después de este tumulto, Pablo consideró oportuno dejar Efeso, donde había pasado "tres años" (20:1, 31), quizá desde el 54 hasta el 57 d.C,

Separándose de los creyentes, salió rumbo a Macedonia. Acerca de la posibilidad de una visita a Corinto durante su permanencia en Efeso, véase CBA 6: 831, 832, 918, 919. Véase Corintios, Epístolas a los.

 

b. Macedonia y Corinto. Lucas, en Hechos 20, sólo ofrece un informe rápido de la visita a Macedonia y Acaya, pero en sus epístolas Pablo agrega algunos detalles más.

Viajó desde Efeso a Troas*, donde su predicación fue recibida favorablemente. Allí el apóstol esperaba encontrar a Tito con un informe de la reacción de la iglesia de Corinto a su 1ª epístola, enviada poco antes, pero se chasqueó al no hallarlo.

Entonces se apresuró a ir a Macedonia*, mientras los creyentes de Corinto pesaban mucho en su alma (2 Corintios 2:12-13; compárese con 1:9). Vio a Tito y recibió noticias alentadoras de la iglesia (7:5-7).

Muy animado por el informe, el apóstol escribió 2 Co., donde promete verlos (13:1-2); evidentemente la envió con Tito (2 Corintios 8:16-17, 23). Luego Pablo fue hacia el sur, hasta Grecia (Hechos 20:2), y visitó a los creyentes.

Quedó en Corinto unos 3 meses y allí escribió las epístolas a los Romanos* y a los Gálatas* (versículo 3), aprox. 58 d.C.

 

c. Regreso vía Macedonía. Hizo planes de tomar un barco para Siria, pero cuando estaba por embarcarse se enteró de un complot de algunos enemigos judíos para matarlo, tal vez a bordo.

En consecuencia, cambió su propósito y fue por Macedonia, frustrando el complot de sus presuntos asesinos (20:3). Viajó hacia el norte, quizá pasando por Berea y por Tesalónica*, hasta Filipos.

Mientras varios de sus acompañantes cruzaron hasta Troas, Pablo y Lucas quedaron en Filipos durante la Pascua, y "pasados los días de los panes sin levadura" navegaron para unirse a los demás (20:4-6).

 

d. Troas y viaje a Palestina. Pablo pasó una semana en Troas. La tarde anterior a su partida hubo una reunión de despedida.

Más o menos a medianoche un joven llamado Eutico, que estaba sentado en una ventana abierta de la sala del 3er piso en la que Pablo hablaba, se durmió y cayó al suelo, de donde fue levantado "muerto". El apóstol se apresuró a bajar, lo abrazó y afirmó que estaba vivo, y el joven revivió (Hechos 20:7-10, 12).

Regresando a la sala de reuniones, el grupo celebró la Cena del Señor, luego de lo cual siguieron conversando hasta el amanecer.

Después se despidió y salió (versículo 11) para caminar unos 32 km hasta Assos, para tomar el barco en el que había estado viajando, el cual navegaba alrededor de la península.

Después de reunirse con sus compañeros, navegaron vía Mitilene, Jíos y Samos hasta Mileto (versículos 13-17), a unos 64 km al sur de Efeso*.

A propósito había dejado de esta ciudad, porque sin duda una detención allí habría impedido que llegara a Jerusalén para Pentecostés, para lo cual faltaba poco. Pero envió un mensaje a los ancianos de la iglesia pidiéndoles que se reunieran con él en Mileto.

El registro de este encuentro, durante el cual Pablo les advirtió contra las herejías y los exhortó a ser fieles, es uno de los pasajes más emotivos de Hechos (versículos 18-35).

Antes de salir, oró con sus visitantes, luego se despidió con lágrimas y siguió navegando (versículos 36-38). Habiendo llegado finalmente, vía Cos y Rhodes, a Pátara, ciudad de la costa de Lisia, Pablo y sus compañeros tomaron otro barco con el que finalmente llegaron a Tiro, en Fenicia (21:1-3).

Allí se encontró con algunos creyentes, y permaneció con ellos una semana. Durante ese tiempo fue advertido por un profeta del peligro de ir a Jerusalén.

Cuando llegó el momento de embarcarse otra vez, todo el grupo de creyentes lo acompañó a la playa. El barco de Pablo se detuvo luego en Tolemaida, donde pasaron un día con los hermanos y después continuaron viaje, probablemente a pie, hasta Cesarea.

Aquí se alojaron en casa de Felipe, el evangelista y diácono (Hechos 21:4-8; compárese con 6:5). En algún momento de su estadía en Cesarea, el profeta Agabo* predijo los malos resultados que seguirían a la visita a Jerusalén.

Al escuchar esto, tanto los que acompañaban al apóstol como la iglesia de Cesarea lo instaron a no ir, pero él se mantuvo inflexible en su decisión (21: 10-14). Véase Primer día de la semana.

 

IV. Pablo, el prisionero.


Cuando Pablo y su grupo llegaron a Jerusalén fueron recibidos alegremente por los cristianos del lugar. El informe que dio a los dirigentes de la iglesia, con respecto a la difusión del evangelio entre los gentiles, produjo gran regocijo.

Sin embargo, al mismo tiempo los líderes le contaron que circulaban informes de que estaba instando a los cristianos judíos helenistas, como también a los conversos gentiles, a no seguir la circuncisión y las demás leyes de Moisés (Hechos 21:15-21).

Este informe no era cierto y evidentemente era una invención de sus enemigos (compárese con Hechos 16:3; 18:18; 24:14; 25:8).

No obstante sugerían que, con el fin de demostrar que las acusaciones eran falsas, Pablo se uniera a otros 4 judíos cristianos que habían hecho un voto y se sometiera a un acto de purificación ceremonial en el templo, demostrando así públicamente que él no había rechazado las leyes mosaicas.

El apóstol aceptó la idea. Casi había terminado el período de su voto cuando unos judíos del Asia, quizá de visita en Jerusalén para Pentecostés, lo reconocieron y agitaron a la gente contra él acusándolo falsamente no sólo de predicar contra las costumbres e instituciones judías, sino también de contaminar el templo por llevar consigo a griego, (21:22-29).

El informe de esta presunta profanación del templo se esparció rápidamente, atrayendo una multitud a los recintos sagrados; queriendo matarlo, lo tomaron y lo sacaron del edificio.

Entretanto, Claudio Lisias, el tribuno militar a cargo de la guarnición romana y estacionado evidentemente en la vecina Torre Antonia que dominaba el templo, oyó los disturbios (23:26). Rápidamente acudió con sus soldados para aplastar el movimiento.

Al ver que el motivo se centraba en Pablo, lo arrestó y lo hizo encadenar. Después de esto, preguntó quién era el hombre y cuál era su crimen por haber provocado tanto tumulto.

Como no pudo conseguir una respuesta de la turba, ordenó que el apóstol fuera escoltado hasta la fortaleza. Luego de haber sido conducido con dificultad en medio de la multitud airada, Pablo pudo convencer al comandante de que no era un criminal buscado por las autoridades romanas.

Se le permitió hablar a la gente desde la escalinata que llevaba a la fortaleza (Hechos 21:30-40), desde donde les contó en lengua "hebrea", es decir aramea,* la historia de su vida.

Su audiencia lo escuchó en calma hasta que les dijo cómo Dios lo había comisionado para predicar a los gentiles. Ante estas palabras, los judíos comenzaron a gritar y exigieron su muerte.

Por esto, el comandante que tal vez no entendía arameo y no sabía la razón por el repentino desorden, ordenó que Pablo fuera examinado con azotes.

Mientras lo ataban, el apóstol reveló que era ciudadano romano, lo que lo salvó de la tortura. Al día siguiente, Lisias quiso conocer plenamente la razón de los disturbios: reunió al Sanedrín y puso a Pablo ante él, para que esclareciera el problema (Capítulo 22).

El apóstol estuvo en presencia del Sanedrín sólo unos minutos para darse cuenta de que no se realizaría un juicio imparcial (23:1-5).

Con astucia dividió al concilio afirmando que se lo llamaba al tribunal por creer, como fariseo, en la resurrección de los muertos.

Los saduceos, que la negaban, comenzaron a pelear contra los fariseos. Así, sin quererlo, éstos se vieron obligados a defenderlo. Tan grave fue la discusión que Lisias, temiendo que el apóstol fuera descuartizado en la refriega, envió a sus soldados para rescatarlo y llevarlo a la torre (versículos 6-10).

Esa noche, Pablo recibió la seguridad divina de que Dios lo estaba conduciendo y que testificaría en Roma, como él había deseado (versículo 11).

Al día siguiente, su sobrino (versículo 16), informado de que un grupo de más de 40 personas se habían juramentado para asesinarle (versículos 12-15), fue a la fortaleza para avisarle.

El apóstol le pidió que le contara al mismo Lisias del plan. El comandante, al saber que le pedirían como pretexto que al día siguiente presentara a Pablo otra vez ante el Sanedrín con el fin de dar oportunidad a los asesinos de matar al prisionero, ordenó de inmediato que con una fuerte escolta armada esa misma noche lo llevaran a Cesarea* (versículos 17-24), capital romana de Judea. En Cesarea Pablo fue entregado a Félix, el gobernador de Judea, con una carta de Lisias. Félix le interrogó y luego ordenó que fuera confinado en el pretorio* hasta que llegaran los acusadores judíos desde Jerusalén (Hechos 23:25-35).

Después de 5 días, Ananías, el sumo sacerdote, acompañado con algunos ancianos y Tértulo, un orador profesional, se presentó y acusó al apóstol de sedición y de profanación del templo (24:1-9).

Después que el acusado habló en defensa propia, Félix postergó la decisión hasta que se presentaran más evidencias. Entretanto, Pablo gozó de una buena medida de libertad (versículos 10-23).

Algún tiempo más tarde fue llevado otra vez ante Félix y su esposa judía, Drusila.* Parece que esta audiencia no tuvo carácter legal, y que sólo fue un pretexto para escuchar lo que el detenido tenía para decir.

En esta ocasión Pablo habló "de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero", con el resultado de que la conciencia de Félix fue muy perturbada, aunque sólo temporariamente (versículos 24-25).

Después de este evento, quedó en prisión 2 años, hasta que el gobernador fue reemplazado por Porcio Festo (versículos 26-27). Esto ocurrió por el 60 d.C. Casi tan pronto como éste asumió el cargo, los judíos le solicitaron que enviara a Pablo a Jerusalén para juzgarlo, con la intención de asesinarle en el camino.

El gobernador rehusó hacerlo, pero los invitó a presentar en Cesarea sus acusaciones contra el apóstol. Así lo hicieron, pero sus cargos no tenían fundamento.

Festo le preguntó a Pablo si estaba dispuesto a ser juzgado en Jerusalén. Sin duda, considerando que una orden de reiniciar el juicio en Jerusalén equivaldría a una sentencia de muerte, Pablo decidió invocar su derecho de ciudadano romano, y apeló a César (Nerón).

La apelación fue aceptada, y tuvo que esperar la oportunidad de ser llevado a Roma, fuera del alcance de sus irritados conciudadanos (Hechos 25:1-12). Véase César 4. Poco después Herodes* Agripa II, rey de los territorios al norte y al este de Judea, vino con su hermana Berenice* a hacer una visita de cortesía a Festo, el nuevo gobernador de Judea.

Este les relató la historia de Pablo, tras lo cual Agripa pidió escuchar al apóstol por sí mismo. Al día siguiente fue llevado ante los gobernantes (25:13-27), y se le dio permiso de hablar.

Describió sus antecedentes, su conversión al cristianismo y sus experiencias al ser perseguido por los judíos. Cuando habló de Jesús y de su resurrección de los muertos, Festo declaró que el apóstol estaba loco.

Sin embargo, Pablo apeló con poder a las convicciones del rey, pero sin éxito aparente. Después de su defensa, los gobernantes opinaron que el prisionero hubiera sido liberado si no hubiese apelado a César (Hechos 26:1-32). Hecha la decisión de enviar a Pablo a Roma por barco (quizás en el otoño del 60 d.C.), junto con otros prisioneros, fue puesto bajo la custodia de un centurión llamado Julio, encargado del viaje a la capital del imperio (Hechos 27:1).

Durante el mismo, tuvo por lo menos 2 compañeros cristianos: Aristarco (versículo 2) y Lucas, el autor de Hechos, como se observa por el frecuente uso del "nosotros" en la narración.

Poco después de la partida, el barco se detuvo en Sidón*. Allí Pablo, que fue bien tratado por el centurión, recibió permiso para conversar con los creyentes.

De Sidón el barco navegó entre la isla de Chipre y tierra firme , y finalmente llegó a Mira, en Licia (versículos 3-5), donde todo el grupo tomó otro navío con rumbo a Italia (versículo 6), lo cual hacía un total de 276 personas a bordo (versículo 37).

Al salir de Mira tuvieron vientos contrarios, por lo que les llevó varios días recorrer menos de 320 km hasta Gnido. Al fin, el barco llegó a la isla de Creta y con dificultad navegaron hasta un lugar llamado Buenos Puertos (versículos 7-8).

Allí debatieron un tiempo si debían seguir o no por causa de lo tardío de la estación. Pablo aconsejó no continuar, pero el piloto y el patrón de la nave querían seguir, por lo que el centurión siguió el deseo de éstos.

Como Buenos Puertos no era un lugar adecuado para pasar el invierno, decidieron tratar de llegar a Fenice, más adelante en la costa de Creta (versículos 9-12).

En consecuencia, tan pronto como hubo viento favorable salieron de Buenos Puertos. Sin embargo, poco después se levantó una gran tempestad con un viento del este o del este noreste.

Cuando encontraron un poco de reparo en la isleta Clauda (Cauda), consiguieron subir a bordo al bote, que hasta entonces había sido remolcado.

Al mismo tiempo, los marineros, temiendo que el barco naufragara, rodearon el casco con sogas para reforzarlo y arriaron las velas para determinar la velocidad con que eran arrastrados, porque tenían miedo de que la nave fuera llevada a Sirte, los temidos bancos de arena cercanos a la costa norte de África (Hechos 27:13-17).

Al día siguiente, como la tormenta no amainaba, creyeron necesario aliviar el barco arrojando algo de la carga al mar (Compárese con versículo 38). La tempestad duró varios días hasta que perdieron toda esperanza (Hechos 27:20). Más o menos por ese tiempo, Pablo recibió una visión en la que se le mostró que no se perdería ninguna vida y que él tendría la oportunidad de estar ante el César.

Contó este incidente a sus compañeros, exhortándoles a tener buen ánimo (versículos 21-26). Por fin, una noche, 2 semanas después de iniciada la tormenta, los marineros sospecharon que estaban cerca de tierra.

Los sondeos lo confirmaron, de modo que comenzaron a temer que la nave fuera arrojada sobre rocas. La anclaron y luego procuraron abandonarla secretamente en el bote que llevaban.

Pablo advirtió que debían quedar en sus puestos si todos se querían salvar; de modo que los soldados cortaron las amarras del bote (versículos 27-32).

Mientras esperaban que se hiciera de día para decidir qué hacer, Pablo los instó a que comieran, señalando que habían "ayunado" por 14 días (versículos 33-34).

Después que todos comieron, el barco anclado fue aliviado otra vez arrojando el trigo al mar (versículo 39). El amanecer reveló una tierra no familiar para los marineros, con una bahía.

Decidieron tratar de llevar el navío hacia ella. Levaron las anclas, pero al llegar cerca de tierra encontraron un lugar de corrientes encontradas que arrojaron la nave sobre las rocas, donde varó.

La popa se abría por la violencia de las olas. Los soldados, considerando que debían responder con su vida por la de sus prisioneros, querían matarlos para que no pudieran escapar.

Sin embargo, el centurión, en un intento por salvar a Pablo no se lo permitió. En cambio, ordenó que todos intentaran llegar a la orilla como mejor pudieran, y todos llegaron a ella son seguridad (versículos 39-44).

La tierra era la isla de Malta, a unos 900 km de la isla de Clauda, la última tierra que habían visto. (Un análisis de este viaje y del naufragio se puede ver en CBA 6:446-453).

Los habitantes de la isla de Malta fueron muy hospitalarios y procuraron satisfacer todas las necesidades de los náufragos. Mientras Pablo reunía combustible para hacer un fuego, fue mordido por una serpiente, por lo que los malteses supersticiosos pensaron que era un gran criminal que recibía el castigo por sus crímenes.

Como no sufriera ningún daño, creyeron en cambio que debía ser algún dios (Hechos 28: 1-6). Pablo y su grupo fueron invitados a ser huéspedes de Publio, el "hombre principal" de Malta, y quedaron con él 3 días (versículo 7).

Por las oraciones de Pablo, el padre de Publio fue sanado de disenteria.* Cuando la noticia circuló, muchos otros enfermos vinieron y fueron sanados.

Esto estimuló a los isleños a traer muchos regalos a Pablo y sus compañeros. Finalmente, después de pasar 3 meses en la isla (versículo 11), el grupo de náufragos zarpó para Roma, probablemente en la primavera del 61 d.C., en un barco alejandrino que había invernado allí (versículos 8-11).

Después de detenerse 3 días en Siracusa, en la isla ahora llamada Sicilia, el barco salió rumbo a Regio, en el extremo sur de Italia, y luego continuó hasta Puteoli, que estaba a unos 370 km más al noroeste.

En Puteoli Pablo encontró a algunos cristianos, una evidencia de la difusión del evangelio en Italia. Después de pasar una semana con ellos, los viajeros partieron hacia Roma. Entretanto, la noticia de la llegada de Pablo al país lo había precedido, de modo que grupos de creyentes salieron a su encuentro.

Se encontraron con Pablo en el Foro de Apio y en Tres Tabernas, a unos 64 y 48 km, respectivamente, de Roma sobre la Vía Apia. El apóstol quedo muy agradecido y animado por esta recepción (versículos 12-15). Al llegar a Roma, junto con los demás prisioneros, fue entregado al "prefecto militar" (Hechos 28:16), quizás el jefe de la guardia pretoriana (la guardia imperial con sede en Roma) a cargo de los prisioneros que apelaban al emperador.

En ese tiempo, el cargo lo tenía Burrus, un hombre de buenos principios, cuya influencia refrenadora había ayudado a limitar los excesos del emperador Nerón.

Pablo, tal vez por recomendación del centurión que lo había escoltado desde Cesarea, recibió permiso para vivir en una casa con un soldado como guardián personal (versículo 16) al que estaba encadenado (Hechos 28:20; Compárese con Efesios 6:20; Colosenses 4:18).

Sin embargo, se debería notar que se puede citar importante evidencia textual para la omisión de la cláusula "el centurión entregó los presos al prefecto militar" (véase CBA 6:457). Tres días después de su llegada a Roma, Pablo invitó a los ancianos judíos a visitarlo. Después de explicarles la razón de su prisión, se pusieron de acuerdo acerca de cuándo les expondría las doctrinas cristianas.

El día señalado muchos vinieron a su alojamiento para escuchar mientras "les testificaba el reino de Dios". Esta reunión duró el día entero, durante el cual las verdades que predicaba se habrán debatido ampliamente.

Al final de la reunión algunos creyeron, y otros, quizá la mayoría, no las aceptaron; no estuvieron "de acuerdo entre sí", por lo que citó de Isaías 6:9-10, reprendiendo a los incrédulos por rehusar aceptar la luz que les había llegado (Hechos 28:17-28).

El libro de Hechos y el informe bíblico terminan abruptamente con la afirmación de que Pablo, todavía preso, pudo vivir 2 años en una casa alquilada, evidentemente con un guardia, y que los visitantes lo escuchaban predicarles de Cristo (versículos 30-31). Para el resto de la vida del apóstol dependemos de escasos datos que se encuentran en sus epístolas redactadas durante su 1er encarcelamiento en Roma, de declaraciones contenidas en otros escritos tempranos y de la tradición.

De este 1er período son las epístolas a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses y a Filemón. Estas revelan que la cárcel fue una experiencia difícil para el anciano apóstol (Efesios 3:1; 6:20; Colosenses 4:18; Filemón 1, 9, 10).

Por Hechos 27:2 y Efesios 6:21 sabemos que Lucas, Aristarco y Tíquico fueron sus compañeros. También tuvo con él a Marcos, Justo, Epafras y Demas, tal vez sólo durante una parte del tiempo (Colosenses 4:10-12, 14; compárese con 2 Timoteo 4:10).

Epafrodito entregó la epístola de Pablo a los Filipenses (Filipenses 2:25-30). Tíquico llevó la epístola a los Efesios (Efesios 6:21-22) y, acompañado por Onésimo, la epístola a los Colosenses (Colosenses 4:7-9), y la que dirigió a Filemón, cristiano dueño de esclavos.

Onésimo, el esclavo de Filemón que había huido a Roma, habría sido convertido por el apóstol en Roma (Colosenses 4:9; Filemón 10). De Filipenses 4:18 sabemos que los filipenses le enviaron regalos por medio de Epafrodito.

 

5. Absolución y actividades posteriores.

Después de 2 años (tal vez en el 63 d.C.), Pablo fue juzgado por Nerón y absuelto. Las epístolas escritas durante este período de libertad, 1 Timoteo y Tito, muestran que el apóstol realizó viajes misioneros después de su liberación.

Clemente de Roma (La primera epístola de Clemente a los Corintios 5) dice que Pablo predicó tanto en el este como en el oeste. Como el apóstol había hecho planes de ir a España (Romanos 15:24 28), es posible que visitara ese país en este período; el Fragmento Muratoriano (aprox. 190 d.C.) afirma que visitó España.

Quizá también cumplió su propósito de visitar Filipos (Filipenses 2:24) y Colosas (Filemón 22; compárese con Colosenses 4:9; Filemón 10). De 1 Timoteo 1:3 podemos concluir que fue a Macedonia y a Efeso.

Aparentemente también visitó Creta (Tito 1:5), y tal vez Corinto (2 Timoteo 4:20). También habría pasado un invierno (tal vez el del 65 d.C.) en Nicópolis (Tito 3:12), en la costa occidental de Grecia. La narración bíblica guarda silencio con respecto a los eventos que llevaron al arresto final de Pablo. Bien pudo haber sido durante la cruel persecución de Nerón a los cristianos en esa época.

El apóstol era un destacado líder entre ellos y, por tanto, un blanco natural para la sádica ferocidad del emperador. Se han sugerido Nicópolis, Efeso y Troas como posibles lugares del arresto, de los cuales Troas es el más plausible (2 Timoteo 4:13).

Fue llevado a Roma, donde no recibió ninguno de los favores otorgados en su anterior encarcelamiento. De acuerdo con la tradición, se lo confinó en la cárcel Mamertina, en el foro romano, y fue encadenado (2:9) como un criminal común.

Se vio abandonado casi por todos (4:16; compárese con versículos 11, 20). La última epístola que tenemos de Pablo, la de 2 Timoteo, fue escrita en esta época. Sin duda, cuando la escribió ya había sido llevado a juicio una vez y se había defendido a sí mismo (versículos 16-17).

Aparentemente, esperaba pronto un 2º juicio, y preveía una sentencia capital (versículo 6). Sin embargo, animó a Timoteo a hacer todo el esfuerzo posible para visitarlo antes de su muerte (2 Timoteo 4:9, 21).

Los autores cristianos tempranos son unánimes en la afirmación de que Pablo murió bajo Nerón en Roma. Su ejecución, que la tradición afirma que fue por decapitación en algún lugar de la Vía Ostia, habría ocurrido no más tarde que el 68 d.C., porque Nerón murió ese año.

Probablemente fue ejecutado entre el 66 y el 68 d.C. Las propias palabras del apóstol en 2 Timoteo 4:7-8 ofrecen un epitafio apropiado para su vida y resumen el propósito de ella: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.

Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida". Así murió un hombre de capacidades y virtudes realmente destacadas.

 

V. Pablo, su influencia.


Como teólogo está entre los mayores de todos los tiempos, y entre los que desarrollaron los fundamentos sobre los que se construyeron las doctrinas del cristianismo.

Fue un orador hábil (Hechos 17:22-31) y un escritor de prosa vigorosa, que a veces llega a ser poética (1 Corintios 13). También un gran evangelizador y organizador.

Sin embargo, a pesar de sus muchos dones y su elevada vocación, fue un hombre de gran humildad (1 Corintios 15:9; Efesios 3:8), deseoso de no ser carga para nadie (Hechos 20:34; 2 Corintios 11:9; 1 Tesalonicenses 2:9; 2 Tesalonicenses 3:8).

Se destacó como un predicador con un fuerte sentido del deber y del destino (Romanos 1:14; 1 Corintios 9:16-17; Gálatas 1:15-16).

Fue versátil (1 Corintios 9:19-22; 10:33), optimista (1 Corintios 1:4; 2 Corintios 4:16-18; Filipenses 1:3-6; Colosenses 1:3; 1 Tesalonicenses 1:2), valeroso (Hechos  9:22-29; 13:45, 46; 20:22-24; etc.); poseyó un propósito definido (1 Corintios 2:2; Filipenses 3:13), una mente serena (4:11-12; 1 Timoteo 6:6-8), celo (Hechos 22:3; Gálatas 1:14; Filipenses 3:6) y una fe inquebrantable (Romanos 8:28, 38-39; Gálatas 2:20; 2 Timoteo 1:12).